No recuerdo exactamente cuándo leí el libro “Hackers: Héroes de la revolución informática” por primera vez, pero habré tenido unos 15 años, quizá. Lo que sí recuerdo es que, gracias al Proyecto Gutenberg, pude acceder gratuitamente a los dos primeros capítulos. Imprimí las hojas en una de esas impresoras de cinta y me los leí en el bus camino al colegio.
El primer capítulo habla del TMRC, un club donde surgieron los primeros hackers en Cambridge, y me pareció muy entretenido. Pero fue el segundo capítulo el que me influenció muchísimo. En este, Steven Levy presenta lo que, según él, es la ética hacker, y así fue como gran parte de mi forma de pensar terminó influenciada por esas ideas.
Durante mi carrera como informático, muchas de las decisiones que tomé estuvieron marcadas por este “dogma”. Por ejemplo, trabajar en código libre fue algo que adopté con mucho entusiasmo y que considero muy positivo. Sin embargo, a veces también se convirtió en una carga, porque este modelo de pensar no siempre encaja en la empresa promedio, donde abundan la burocracia, la falta de transparencia y donde ser la persona que resuelve problemas normalmente solo te deja más trabajo, en lugar de un ascenso.
Me tomó muchos años entender que es posible mantener un modelo de vida en la mente y, al mismo tiempo, vivir en un mundo externo que constantemente está en conflicto con ese modelo. Esta disonancia cognitiva, o pensamiento dialéctico, no nos hace hipócritas; al contrario, nos hace humanos. No se trata de vivir buscando una tribu donde todo lo que se piensa y se hace encaje perfectamente con nuestra forma de ver la vida, porque eso nos llevaría a vivir como ermitaños. Pero tampoco se trata de tirar todos nuestros valores por la ventana en cuanto descubrimos que no podemos aplicarlos en cada área de nuestra vida.
Esto no solo aplica hacia afuera, sino también hacia adentro. A pesar de que me divorcié, pienso que no soy una mala pareja. A pesar de que dejé la universidad, la educación sigue siendo importante para mí. A pesar de que decidí salir de mi país, no lo veo como un mal país. Esta forma de pensar me ha ayudado muchísimo a vivir menos frustrado con la vida.
Por último, quiero dejar claro que no estoy invitando a quedarnos pasmados. Si podemos hacer algo para cambiar nuestra situación, debemos hacerlo. Nos lo debemos a nosotros mismos y a quienes creemos que podemos beneficiar. Pero, si después de intentarlo la situación no cambia, tampoco tenemos por qué convertirnos en mártires.
Después de unos meses, convencí a mi papá de que me comprara mi primera copia del libro. La tuvo que pedir a los EE. UU., porque en Guatemala era imposible de conseguir. El resto del libro es interesante, pero nada me impactó tanto como ese segundo capítulo. Hoy en día todavía conservo esa copia: la tapa está súper desgastada y algunas hojas ya se caen, pero eso solo la hace más especial para mí.
¿Y vos? ¿Qué libro leíste que dejó una marca tan fuerte en tu vida?